miércoles, 5 de febrero de 2014

Señora que no tiene ordenador


Dicen que no apreciamos el tener salud hasta que la perdemos. Quizás sea algo exagerado aplicar lo mismo al momento en que tu ordenador decide no arrancar. Vale que no es lo mismo, pero sí es cierto que de momento se carga tu "modus operandi", tus hábitos, y reduce las dimensiones de la ventana por donde te asomas a las redes sociales. 
En mi caso, el ordenador suplente, tiene una pantalla tan enana que necesito hacer uso de las gafas de hilar. Las teclas parece que las hayan movido de su sitio, o que de repente tengas las manos de un gigante. Pero es lo que hay, porque mi máquina dormita ahora mismo en la estantería de algún sórdido taller y yo prefiero ni pensar en lo que puede costarme sacarla del coma. Y se echa en falta...
Es que soy una Carrie Bradshaw de cercanías, que muy de vez en cuando se anima a contar las pamplinas de su vida cotidiana.
Mi ventana, vale que no tiene vistas neoyorkinas. Es más como "la ventana indiscreta", de patio de vecinos, de mujeritas en bata tendiendo la colada y señores en chandal de mercadillo que pasean por el balcón con el móvil pegado a la oreja . Nada que ver ninguno de ellos con Mister Big. Lo único big que hay en su figura es la barriga cervecera. Glamour por los cuatro costados. Si Cari Grant, pata escayolada y prismáticos en mano hubiera tenido que elegir ventana en mi edificio, fijo que habría elegido la mía. 
Porque ¿no es mucho más entretenida una vecina choni cantando "Como una ola" que ponerse a contar olas literalmente? 




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